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El sacapuntas

Éste es un relato corto que nos ha enviado Roberto, desde Venezuela. Aquí os lo dejo:

"Un anciano de pie frente a una lápida dice:

-Tengo la impresión de que fue ayer.- Sonríe.

En su época escolar el anciano estaba enamorado de una hermosa niña. Christina era el nombre de su amada. La niña se sentaba en los primeros asientos, muy cerca de la maestra. Su timidez no le permitía mirar los ojos de Christina. Raras veces le hablaba, buscaba simples excusas. Algunas veces extraviaba intencionalmente su lápiz, su goma o sacapuntas de manera tal que estaba obligado a pedir uno prestado.

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En mitad de la clase se levantaba, pedía permiso y caminaba desde el último asiento de la columna izquierda hasta el primero de la columna derecha con un único objetivo: pedir un sacapuntas prestado. La profesora, ya acostumbrada, le otorgaba el permiso mientras sonreía al verlo caminar desde su asiento hasta el de Christina. María era el nombre de aquella maestra: joven muchacha, de ojos marrones y cabello castaño, recién graduada. De no ser por la intervención de la joven educadora el anciano jamás habría tenido un amigo en su quinto año de escuela.

Durante el año escolar él se dedicaba a observar la niña desde su asiento, uno de los últimos, donde suspiraba e imaginaba. Imaginaba escuchar su amor diciendo: “Te quiero”. A esa edad, su mente aún no se había contaminado con las revistas, la televisión, Internet y mucho menos con las hormonas, las cuales no se asomarían en, por lo menos, varios años.

Desde su asiento la veía sonreír, intervenir en clase, hablar con sus amigas y copiar las clases. Muchas veces Christina se sentía observada, para ese tiempo no estaba acostumbrada, tampoco entendía el por qué muchos niños se prestaban para cargarle sus libros, guardarle asientos, llevarle chocolates, compartir su almuerzo, acompañarla a su casa, entre otras cosas. Siempre disfrutaba la compañía, no le permitían acostumbrarse a la soledad. En cambio él, generalmente permanecía solo, muy mal estudiante, y por sobre todas las cosas muy retraído para su edad. Durante el receso comía en lugares apartados, sitios donde se sentía libre de abrir su arepa con queso. Christina no advertía su presencia. Él se desvelaba por verle sonreír, escuchar su voz y por sobre todas las cosas tomar su mano, sin embargo no se atrevía a expresar sus pensamientos. Un gran temor nunca antes experimentado lo abrumaba. Sin razón, causa o motivo, el miedo se apoderaba de él, no le permitía expresarse libremente, sólo podía decir: “disculpa, me prestas el sacapuntas” en el mejor de los casos.

Ya habrían pasado varios meses desde el inicio de las actividades cuando la profesora, en vista de su habitual falta de interés por las clases, le permitió ubicarse en uno de los asientos en la primera fila y le obligó traer sacapuntas, borrador y lápiz. A pesar de causarle gracia verlo alzar su mano, levantarse y pedir permiso, únicamente para pedir prestado un sacapuntas, con esto interrumpía la clase. Durante los primeros años ejerciendo su profesión, María Magdalena siempre abogó por impartir clases buscando que todos sus alumnos aprendieran sin tener que imponer castigos severos. Al pasar los años el cariño por su profesión se desvaneció.

Constantemente, en clases, la profesora lo invitaba a intervenir. Él no entendía las clases, apenas sabía leer correctamente y cada una de sus intervenciones se convirtió en torturas, donde el miedo y la inseguridad se apoderaban de él, sobre todo en matemática. Aún no sabía trabajar con fracciones y mucho menos despejar la “x” de las ecuaciones.

Él no deseaba asistir a clases, constantemente fingía estar enfermo. Su madre nunca permitió que su hijo faltara a la escuela, ella entendía lo importante de una buena educación. Esa era la única razón por la que su hijo estudiaba en un colegio privado. Con el tiempo y sobre todo por la colaboración de su madre, quien constantemente le ayudaba con las tareas, él logró entender un poco mejor las clases. A medida que avanzaba el año escolar sus calificaciones mejoraban, pero algo le incomodaba. Christina, a pesar de sentarse a su lado en clases, no le hablaba. Aún estaba profundamente enamorado de aquella niña de ojos grandes y marrones, sin embargo no tenía excusas para hablarle.

Faltando pocas semanas para terminar el año escolar, a muchos niños se les extraviaron los sacapuntas. A pesar de comprarlos siempre desaparecían, los colocaban sobre sus mesas y al descuidarse no estaban. La maestra no le prestó atención al asunto ya que algunos niños afirmaban que era un duende quien robaba los sacapuntas. Ella pensaba que de alguna forma los niños inventaban esa excusa para llamar la atención.

Un viernes, mientras Cristina hacía sus tareas, la punta de su lápiz se le partió. Buscó en su bolso y no encontró su sacapuntas, así que pidió uno prestado al compañero de al lado. Al observar esto, entendió que esta era su oportunidad. Había pasado semanas robando los sacapuntas de sus compañeros con un objetivo: escuchar la voz de quien más quería en toda la escuela. Ella se sentiría agradecida por el favor, y él surgiría como un héroe. Cuando Christina pedía prestado un sacapuntas al compañero de clases, él sabía que éste no poseía alguno, el siguiente era él. Pacientemente, observaba a su compañero revisar su bolso para no encontrar ningún sacapuntas. Su ritmo cardíaco aumentaba, sudaba, las piernas desvanecieron, sintió mariposas en el estomago. Observó a su amor pidiendo ayuda, se sintió feliz. Había esperado ese momento durante todo el año escolar, poder ser su héroe. En base a esto podía establecer una amistad con Christina. Se vio a sí mismo tomado de la mano con su amor caminando por la escuela, darle un beso, acompañarla a su casa, conocer a sus padres…se quería casar porque estaba enamorado. También deseaba tener hijos con ella, sin embargo, para ese tiempo, no entendía como se hacen los bebés, es algo que le intrigó por mucho tiempo.

El momento había llegado. Christina volteó el rostro en dirección al pupitre donde estaba él sentado, lo miró fijamente, sonrío y dice:

-César ¿tienes un sacapuntas que me prestes? -Le preguntó.

Sus ojos no dejaban de observar a aquel niño que pareciera estar concentrado en su tarea de matemática.

Fingió no escucharla, permaneció observando su cuaderno tratando de terminar su tarea, sin embargo no estaba acostumbrado a sentirse observado. No sabía cómo reaccionar, así que con la mayor calma posible respondió:

¿Qué…?. Mira fijamente los ojos marrones de Christina. No es capaz de pronunciar otra palabra, ha quedado mudo, su rostro toma un color rojizo.

César ¿tienes un sacapuntas que me prestes? Repite Christina, mientras sonríe. A ella le atrae César, se le hace difícil mirarlo y no sonreír. Lo ve sentado en lugares apartados, comiendo su arepa. Es muy inteligente, siempre interviene en clases, habla poco con sus compañeros y saca buenas notas. Pero cada vez que intenta hablar con él siempre se va. Eso le incomoda.

De inmediato reacciona y busca en su bolso el sacapuntas. Abre uno de los bolsillos de su morral y no encuentra el sacapuntas, busca en otro con igual resultado. No entiende, su sacapuntas no lo encuentra, alguien se lo ha llevado. Él, la noche anterior, lo guardó en el bolso, empieza a sudar. Saca todos sus cuadernos, sacude su bolso y no encuentra su sacapuntas.

¿Cómo puede estar sucediéndole esto? Llevaba semanas planeando ese día, ahora que ha llegado, tan esperado momento, extravió su sacapuntas.

Se detiene, mira los ojos de Christina. No sabe qué decir, está muy nervioso, tiembla, su respiración es agitada. Desea llorar, sus ojos se vuelven agua. Sus sueños se han ido a un foso: oscuro e incierto. Ya no habrá beso, hijos, palabras de amor…todo se ha esfumado. Se siente abatido cuando una voz se escucha.

¡Yo tengo uno! Interrumpe José, extiende su brazo con un sacapuntas azul. Apareció de sorpresa, así como un fantasma. Era uno de los compañeros de clases quien se sentaba en el asiento final de la columna izquierda. Un gordito, de mediana estatuara, ojos negros y cabellos oscuros. Estaba atento a lo que Christina hacía, al escuchar que necesitaba un sacapuntas de inmediato reaccionó. Tomó su sacapuntas, dejó su asiento, y sin pedir permiso, se acercó al asiento de Christina. La maestra parece no estar atenta, por alguna razón ese día se encontraba preocupada, así que dejó a los niños hacer una tarea mientras observa el jardín de la escuela pensando que ya han pasado ocho semanas sin llegar la menstruación. Ella amaba los niños, sin embargo un bebé a su edad implica muchas cosas, las cuales no estaba dispuesta a afrontar.

Christina toma, suavemente, el sacapuntas de la mano de José.

Gracias. Agrega Christina. Voltea su rostro mientras César permanece tieso, sin decir alguna palabra. Rato después de sacar punta, Christina, acomoda su bolso y continúa sus tareas. Cesar aún no reacciona, permanece en silencio observando en su cuadernito los nombres de los compañeros a quienes les había robado su sacapuntas, sólo faltaba uno. No le pareció importante porque, para su mini mente maquiavélica, no era importante una persona que se sentaba al otro extremo del aula.

Al terminar las clases, César vuelve a revisar su bolso. No tiene borrador ni sacapuntas. Al salir la profesora, se dirigió al último asiento de la fila izquierda.

Dame mi sacapuntas y borrador. Lo dice en un fuerte tono de voz, casi gritando.

José lo observa, con una mirada curiosa. Sin levantarse, abre su bolso y saca una bolsita. Al vaciar la bolsa hay un sacapuntas y varios borradores. José había observado como César había robado los sacapuntas de sus compañeros, después de pensar largo tiempo entendió sus intenciones. Al percatarse de que a todos sus compañeros les faltaba su sacapuntas, robó el último a César.

¿Cuál es? Pregunta José. Mirándolo fijamente a los ojos.

El azul. Responde César. Los sacapuntas robados por él se encontraban tirados en la basura, no guardaba las evidencias.

Christina está de pie observándolos en la entrada sin comprender lo que hacían, al sentirse observados ocultaron rápidamente los borradores y sacapuntas.

¿Qué hacen? Pregunta Christina. Se acercó, silenciosamente.

Nada. Responden al unísono ambos niños.

Ese día César superó su miedo, habló con Christina. José también lo hizo, juntos la acompañaron a su casa. A pesar de quedar bastante lejos de la suya lo hicieron con gran esmero. Al estar frente una hermosa casa se despidieron, Christina besó los cachetes de ambos, sonrío y entró. Sería la última vez que César vería a Christina, ya que el lunes siguiente no asistiría a clases por encontrarse enfermo. A pesar de sus súplicas, su madre no le permitió ir a clases. Sólo César y otro niño llamado Gabriel no asistirían a clases ese día.

La familia de Christina se fue del país el día martes, tenían meses planeándolo, sólo esperaban terminar el año escolar para hacerlo y en vista de que se acercaba su fin, hablaron con la maestra, quien accedió a llenar las actas correspondientes; tramitar y enviar papeles a una nueva dirección de la familia Rojas, por medio del correo. A cambio recibiría un agradecimiento con su equivalente en monedas extranjeras.

El día lunes, mismo día en que César se encontraba enfermo, los padres de Christina junto a la maestra prepararon una fiesta de despedida. Ese día no hubo clases, todos jugaron, comieron y rieron. José jugó todo el día con Christina, quien extrañaba no poder ver a César, sin embargo no podía hacer algo para cambiar su situación. Le escribió una carta con José, quien la entregó sin leerla. Terminó la despedida, Christina se fue para nunca volver a aquella pequeña ciudad.

José sostuvo la carta para César, la guardó y al día siguiente la entregó. Desde ese día César y José fueron inseparables. Terminaron la escuela siendo amigos, luego el bachillerato. Estudiaron en la misma universidad, a pesar de estudiar carreras diferentes, permanecían en contacto. Se forjó una gran amistad hasta tal punto que José fue el padrino del primer hijo de César, quien le correspondió de igual manera.

El 26 de octubre de 2005, al mediodía, José se encontraba viendo un partido de béisbol cuando sintió una fuerte punzada en el pecho, lo sucedido después de ese instante ya es historia.

César levanta su rostro, respira y observa el cielo. Seca algunas lágrimas en sus ojos y decide partir, su visita ha terminado.

La próxima vez.

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